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OBRAS

Compré una pala en Ikea para cavar mi tumba

Creación:

» La Carniceria Teatro/Rodrigo Garcia
» Rodrigo García Dirección Dramaturgia

Compañia: La Carnicería

Ubicación: España>Madrid

Ficha Técnica:
Intérpretes:
Juan Loriente, Patricia Lamas , Rubén Escamilla y Anna María Hidalgo

Colaboradores:
Carlos Marquerie (iluminación)

Produccion:
La Carnicería Teatro. Con la colaboración: Ministerio de Educación, cultura y deporte – INAEM.

Año estreno: 2002

Lugar estreno: Sala Cuarta Pared, febrero 2002






Comentario


El arranque del espectáculo es el más brillante de todos los ideados hasta ahora por Rodrigo. Juan Loriente entraba en escena con una tarjeta de crédito clavada en la frente, adoptaba una pose descompuesta pero estable y muy suavemente formulaba sus posiciones respecto a comportamientos cotidianos que ocultaban una dejadez de la responsabilidad que cada cual tiene con su propia vida. La palabra de Juan fluía serena, no necesitaba énfasis porque su convencimiento de lo que dice era total; su gesto, relajado, a pesar de la inmovilidad del cuerpo, y en su mirada, algo parecido a la tristeza que no impedía al público la carcajada como respuesta a sus propuestas. Al cabo, entraba Patricia Lamas, con una tarjeta en la mejilla. Y más tarde el niño, Rubén, con la tarjeta en la pierna. Los tres se alternaban en la formulación de ideas. La acción-palabra continuaba durante largos minutos, y el público se sentía cómodo, a pesar de algunas brulalidades que los actores formulaban con exquisita suavidad.

Transcurridos unos minutos descubrían un paquete de lasaña congelada o algún otro producto similar. Y mientras una cantante vestida de rojo y amarillo, a su lado, interpretaba un aria, ellos observaban cuidadosamente el producto, lo abrían, extraían su contenido. Los actores parecían personajes mutantes, surgidos de una secuencia de ciencia ficción, habitantes de un paisaje postnuclear ante una reliquia del pasado; sin embargo, se trataba de una acción que reproducía un comportamiento cotidiano en millones de hogares: la curiosidad, mezclada con reverencia, ante el nuevo producto alimenticio recién comprado en el hipermercado y que todos quieren inmediatamente probar. Esto es lo que hacían los actores, abrir la bolsa hermética y comer la masa y el relleno congelados, amasarlos en su boca, regurgitarlos en la propia mano, amasar la nueva mezcla, volver a masticar o bien pegarla sobre la camisa de un compañero, después en su cara...

Entonces se ponía en funcionamiento el espectáculo, como una máquina imparable de imágenes, palabras y acciones. La primera parte se centraba sobre el consumo. Después de que Juan y Patricia interpretaran extrañas coreografías sobre dos sofás del fondo, referencia al espacio doméstico por excelencia (el sofá como lugar de reunión familiar, por supuesto frente al televisor), se proyectaba una película en súper 8 (y no en vídeo), en que se mostraban planos de diversas tiendas, marcas, instituciones o personas a las que quien graba superponía su dedo en forma de dedicatoria obscena. Seguía una pantomima en la que Juan Loriente (que llevaba adherido un paquete de Kellogs al vientre) y Patricia Lamas (con un paquete de leche desnatada) se enfrentaban en una reyerta familiar que acababa con el destripe (descerealización-vaciado) de ambos, cuyos cuerpos se desploman sobre el desayuno equilibrado convertido en muerte. La vida sana (el deporte), ordenada (la familia) y segura (las marcas) constituyen el tema de otra serie de secuencias que conducían a una segunda parte en que la reflexión se centraba sobre la reglamentación de la vida y los efectos castrantes de la educación.

Es en este momento se ofrecía la lista de los cien mayores "hijosdeputa" de la historia, entre los que figuraban Sigmund Freud, Gandhi, Mandela o Einstein, además de Marilyn Monroe o Elvis Presley. Los tres últimos de la lista eran Ché Guevara, Pier Paolo Passolini y Maradona. Durante largos minutos, el espectador asistía estupefacto a la presentación de las fotografías de estos personajes, acompañadas de insultos y descalificaciones, a veces tan disparatadas que provocaban la risa. Después, en una especie de declaración íntima, se escuchaba la voz grabada del propio autor que confesaba su envidia hacia esas vidas cargadas de excesos, unas vidas a las que ni él ni probablemente nadie del público sería capaz de aproximarse. A continuación el niño, Rubén, explicaba al público con la máxima seguridad cómo él mismo había planificado su vida, al margen de toda convención, hasta su muerte prevista en Brasil a los cuarenta y tres años.La defensa del exceso, el caos y la contradicción se desvelaban entonces como una forma de expresar la rebelión contra el conformismo y contra la conformación de la vida, las ideas y el deseo a los modelos socialmente establecidos y fijados, casi corporalmente, por medio de la educación. Ikea, además de un furibundo ataque al consumismo, era un atentado despiadado contra las existencias regladas, una defensa de la espontaneidad, una provocación constante a los juicios moral y políticamente correctos, un reto al "buen gusto", una burla de la sagrada seguridad...

El final del espectáculo era un desvarío sobre los excesos del consumo gastronómico como metáfora del ser urbano occidental. Arrancaba con una imagen del Cristo de los perritos calientes, continuaba con sendas secuencias de tortura alimenticia (que los actores realmente sufren), y concluía con una orgía gastronómica, durante la cual los actores, además de efectuar disparatadas mezclas de comida y bebida basura, utilizaban diversos orificios de su cuerpo para la ingestión de los alimentos, teatralizando algunas acciones de Paul McCarthy o Mike Kelley. Después de reventar por medio de un petardo el cadáver de un pollo que colgaba sobre un árbol de navidad, Patricia Lamas y Rubén contemplaban en silencio a Juan Loriente, que al fondo de la escena se miraba al espejo en tanto la luz, proveniente de un imaginario ventanuco en una celda o cuarto vacío, se extinguía con lentitud.

José A. Sánchez,

Universidad de Castilla-La Mancha

Materiales:






Referencias críticas
Teatro de profanación - José Monleón


Documentos Adjuntos
Caruana. 2002. Entrevista con Rodrigo Garcia.pdf










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