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TEXTOS

Experiencia y actuación, infancia e historia. De Rodrigo García a Giorgio Agamben

Autor: Cornago, Óscar

Año de publicación: 2008

Artista: Rodrigo García

Fecha de incorporación a la web: 30/05/2008

Referencia bibliográfica:

Álvarez Barrientos, J; Cornago Bernal, O; Madroñal Durán, A; Menéndez-Onrubia, C. (Coords.). En buena compañía. Estudios en honor de Luciano García Lorenzo, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2009, pp. 1051-1060.



Texto:

Lo que más se oye es el silencio. En Arrojad mis cenizas en Eurodisney, obra de Rodrigo García estrenada en el 2006 en el Teatro Nacional de Bretaña, este silencio es interrumpido al comienzo por unas voces deformadas electrónicamente, luego hay un ruido como de un motor en marcha, se oye también una canción lenta con acento latinoamericano A veces digo a mi sombra…, algunas intervenciones más de los actores, una música lejana de resonancias ceremoniales hacia el final y sobre todo proyecciones de textos en grandes caracteres, que no se oyen, pero llenan el escenario con el eco sordo de sus palabras. Antes y después de cada uno de estos momentos lo que queda es el silencio en el que se oyen los ruidos no amplificados que hacen los cuerpos al moverse. Se trata de un silencio escénico, naturalmente escénico, el silencio que queda cuando no se oye ninguna otra cosa. Son tiempos lentos, que parecen imitar en su transcurrir la pesadez de los mismos materiales que se utilizan, como la miel o el barro; son tiempos oscuros y detenidos, y en estos tiempos el silencio se hace cada vez más denso, a medida que se va cargando con las resonancias que dejan las acciones y los materiales, el fuego que se acerca a los actores hieráticos, con la mirada perdida, los cuerpos mudos, la miel y el barro sobre la piel, la violencia física, el sexo, la familia a modo de grupo escultórico, mirando también al infinito, junto al flamante jeep 4×4, que acabará cubierto de barro, o los objetos adheridos a la piel, como el pan blanco de molde sobre el cuerpo cubierto de miel de Jorge Horno, el pelo de la cabeza, cortado al cero en directo en la representación anterior, pegado por todo el cuerpo de Núria Lloansi o los espejitos en el cuerpo de Juan Loriente. Hay también unos hámsters arrojados a una pecera con agua, que nadan desesperadamente para no ahogarse y unas ranas atadas con unos hilos al cuerpo exhausto de Jorge Horno, un detalle minúsculo, con una tranquila melodía de fondo, después de la violencia del barro. Escenas viscosas y posiciones físicas le dan al cuerpo una forma inquietante, fantasmal en apariencia, pero cercano en su desnudez fatigada.

Al final, una proyección de Núria Lloansi saltando en paracaídas, antes de abrirlo. El cielo azul de fondo, la tierra debajo, diminuta, y su cuerpo suspendido en el aire. Las imágenes han sido grabadas por alguien que está delante, acompañándola en la caída. Son imágenes también mudas, a medida que esa leve melodía se va apagando. Aunque una parte de ellas están acompañadas por un texto de Rodrigo García dicho por Núria Lloansi. En un momento dice así: “Vi un enjambre de vida, vi un éxtasis aquí y allá, pensé en cada alma y en su trajinar cotidiano. / Prometo que me di cuenta de todo y, sin embargo, todo, todo, me supo a poco” (García, 2007: 31). La obra acaba con un texto proyectado: “La astucia ocupa el lugar de la sabiduría. Y ya no hay vuelta atrás”.

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