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TEXTOS

El sobrino de Rameau visita las cuevas Rupestres

Autor: Liddell, Angélica

Año de publicación: 2007

Artista: Angélica Liddell

Obra: Perro muerto en tintorería: Los fuertes

Fecha de incorporación a la web: 17/02/2009

Referencia bibliográfica:

Primer Acto. Cuadernos de Investigación Escénica, 321 (2007), pp. 9-19.



Texto:

¿Por qué Diderot deposita en un loco, un enajenado, la renovación de las ideas estéticas? En primer lugar porque el loco es un inadaptado, un excluido, un marginal, del mismo modo que fue marginado el espíritu prerromántico del propio Diderot. Pero sobre todo porque el loco, contradictorio asiento de lucidez a lo largo de la historia de la literatura, es capaz de evidenciar con su audacia el grado de cobardía de una sociedad. Viene aquí a cuento la cita de un autor anónimo con la que Doris Lessing abre su novela “Canta la hierba”, dice así; “Los fracasados y los inadaptados son la mejor medida para juzgar las debilidades de una civilización”. El loco, como Rousseau, es paradójicamente antisocial, representa el orden natural por oposición al orden social, responsable este último de los males que aquejan al ser humano. “El hombre ha nacido libre”, así empieza el capítulo I del Contrato Social. El loco es lo más semejante a ese hombre natural, completamente libre, utópico, ingobernable.

En el caso de “El sobrino de Rameau” el loco además es un bufón, es decir, un loco profesional, por lo cual, a pesar de haber nacido libre, y a pesar de su semejanza con el hombre natural y su relación inevitable con la utopía, también se encuentra sometido a una relación de fuerzas desiguales, pero precisamente gracias a eso nos percatamos de que el espectador es cobarde por naturaleza. El espectador es el encargado de preservar lo comúnmente establecido, la opinión general, el discurso oficial, el estado de las cosas, experto en enmascarar la podredumbre de lo humano utilizando la podredumbre de su hipocresía. El acontecimiento escénico es una batalla entre dos mentirosos (utilizo aquí la división que realiza Carmen Roig en su introducción a “El sobrino de Rameau”), el hipócrita y el actor. Mientras el artista empuja con su provocación el progreso del mundo, el espectador, el hipócrita, se convierte en un freno del mundo, no por sí mismo, sino porque el espectador es la consecuencia de un orden social restrictivo, de una educación precaria, de las estrategias bisoñas del mercado, de la censura encubierta de la cúpula intelectual y de las políticas culturales, encargadas de segregar todo aquello que no está de acuerdo con su imponente criterio de corral.

En definitiva el espectador es una consecuencia del Palissot de turno. Palissot fue un autor de éxito que se encargó de humillar a Diderot hasta obligarle a escribir en la más completa clandestinidad. Buen ejemplo de ello es “El sobrino de Rameau”, redactada a escondidas durante casi veinte años, y deliberadamente hurtada por Diderot a su época. Y pensar que Palissot, cabecilla del dogmatismo tiránico de salón, líder del corrillo profesional, llegó a acusar a Diderot de dogmático. Después de todo, son los verdaderos idiotas los que llaman idiota al bufón. El bufón puede desprenderse de su máscara, el hipócrita la lleva incrustada. Palissot corrige al espectador, se apropia de lo correcto, del único camino hacia la verdad, esgrime sus mensajes complacientes contra algo que ya de por sí es minoritario, insólito y se desarrolla en las orillas del éxito. Pero Palissot sabe que con esa beligerancia ramplona gratifica a la mayoría y Palissot desea ante todo contar con la complicidad grosera de esa mayoría. Gracias a las omisiones deliberadas de los Palissot de turno, el espectador hoy día ha sido incitado a desconfiar, despreciar y excluir. Es precisamente en mitad de este panorama cuando vuelve a ser preciso que hable el loco. Puesto que no hay un solo camino hacia la verdad, el filósofo permite hablar al loco. Diderot rompe las barreras que separan artificialmente las artes y proclama la identidad de los principios que deben regir igualmente el teatro, la pintura y la poesía alejándose del artificio que encorseta la cultura del momento. El Arte siempre es el encargado de luchar contra la cultura. Estos principios tienen que ver con el humanismo, es decir lo que une a las artes son los principios éticos, la renovación estética es una cuestión ética. Así lo expresa Rousseau en “La nueva Eloísa”, “Siempre he creído que lo bueno no es más que lo bello en acción, que lo uno está íntimamente ligado a lo otro y que ambos tienen una fuente común en la naturaleza bien ordenada. De esta idea se sigue que el gusto se perfecciona con los mismos medios que la sabiduría, y que un alma abierta a las seducciones de la virtud debe ser sensible en la misma medida a todas las otras clases de belleza”. Jean Luc Godard aseguraba que el arte era la excepción. Y el loco materializa con su locura lo excepcional.

En efecto, el arte sigue siendo una excepción, y los Palissot siguen siendo la regla general, aunque estos mantengan una hostilidad desproporcionada contra la supuesta amenaza de los artistas. Desde aquellos nazis que tildaron las vanguardias de arte degenerado hasta los burdos humoristas televisivos que hacen sorna de un cuadro en blanco se sigue empleando el mismo discurso, manoseado y banal, donde se ridiculiza al arte para volver a establecer la obtusa y vulgar, siempre idéntica, regla general, eso sí, aplaudida por audiencias enteras. Audiencias ignorantes del hecho de que el arte contiene ya su propia autocrítica, y no precisa del discurso cómodo y ramplón de ningún Palissot para mantener su objetivo humanista y descartar a los estafadores. Precisamente este aplauso masivo contradice el humanismo, si no es que lo masacra, pues el arte y el humanismo no existen el uno sin el otro, y llevan en sí mismos la no- neutralidad, es decir el compromiso con el hombre, con la alegría y el dolor del hombre. Así lo expresa Steiner, “un gran descubrimiento en física o en bioquímica puede ser neutral. Un humanismo neutral es o una pedantería o un preludio de lo inhumano”. El aplauso arrancado al público por Palissot es el preludio de lo inhumano, y una violencia a la libertad de expresión. El arte y el humanismo no son conceptos independientes. ¿Y qué es el humanismo? Para responder tomaremos unas frases de “La montaña mágica” de Thomas Mann, “El humanismo era el amor a la humanidad, nada más, y por eso mismo el humanismo también era política, también era rebelión contra todo aquello que mancillara y deshonrara la idea de humanidad” El humanismo consiste por tanto en rebelarse contra todo aquello que va en contra del hombre. Cuando el bufón se rebela lo está haciendo por humanismo, porque está presenciando todo aquello que perjudica a lo humano.

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