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TEXTOS

La teatralidad como crítica de la Modernidad

Autor: Cornago, Óscar

Año de publicación: 2006

Fecha de incorporación a la web: 25/01/2010

Referencia bibliográfica:

Tropelías (Universidad de Zaragoza), 15-17 (2004-2006), pp. 242-265.



Texto:

El teatro nos sitúa en pleno centro de lo que es religioso-político: en la cuestión de la ausencia, en la negatividad, en el nihilismo, diría Nietzsche, por lo tanto en la cuestión del poder. Una teoría de los signos teatrales, una práctica (dramaturgia, escenificación, interpretación, arquitectura) de los signos teatrales se basa en la aceptación del nihilismo inherente a la representación, e incluso lo refuerzan. Lyotard (1973: 89)

Aunque en las últimas décadas han aumentado de forma considerable los estudios acerca del hecho de la representación y sus modos de funcionamiento, la teatralidad, como una de sus dimensiones fundamentales, está aún lejos de haber alcanzado la difusión y el consenso que merece un hecho tan complejo y presente al mismo tiempo en la articulación de toda cultura y especialmente de la Modernidad.1 En términos generales, los estudios sobre teatralidad se pueden dividir entre aquellos que abogan por una comprensión amplia de este fenómeno y quienes lo piensan como algo privativo del medio teatral (Taylor y Villegas 1994; Fischer-Lichte 1995; Villegas 1996; Rozik 2000; Féral 2003; Davis y Postlewait 2003). Sin ánimo de exclusión de las aportaciones derivadas de unos y otros enfoques, lo cierto es que el calificativo de «teatral» ha gozado de una enorme difusión, no restringida al campo de lo escénico. En cualquier caso, ya sea entendido como un concepto exclusivamente escénico, ya sea como una condición que recubre todo lo social, la difusión de este término no se corresponde con una conciencia clara de qué puede entenderse por teatralidad, de qué significa y cómo funciona exactamente, de por qué hay cosas que parecen más teatrales que otras, de por qué, finalmente, en una sociedad en la que los niveles de teatralidad han alcanzado una extraordinaria complejidad dicho concepto ha quedado reducido con frecuencia a un calificativo despectivo que alude a algo que no es verdadero y un hecho de difícil delimitación. Posiblemente, su amplia difusión en campos tan diversos, como el arte, la etnografía, la sociología, la sicología y la lingüística entre otros, hace difícil esta delimitación de una idea que, aunque solo sea por su amplia utilización, hemos de pensar que afecta a algún punto vital de la escena histórica actual.

La identificación de lo teatral con algo engañoso, algo que no es verdadero, podría explicar quizá que se preste menos atención a un fenómeno que parece que no remite a una verdad, sino que más bien ostenta su falsedad frente a ella, a diferencia de las buenas representaciones, las copias legítimas, como diría Deleuze (1969: 332), que son aquellas que sí conducen directamente al original, al padre, a la verdad. La teatralidad, como el simulacro al que se refiere el filósofo francés, sería una copia degradada que nos llama la atención sobre el componente artificioso, sobre el ejercicio de puesta en escena y sustitución que oculta toda representación. Ahora bien, estos fenómenos, como el ejercicio de la puesta en escena, el énfasis en lo artificioso y el juego de sustituciones entre originales y copias, entre modelos y copias, están alojados en el corazón de la Modernidad, las potencias de lo falso, de ahí la necesaria actualidad de este concepto de teatralidad como enfoque crítico hacia una cultura que lo ha llevado a su grado más alto de rentabilización.

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