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TEXTOS

La estética de la catástrofe

Autor: Sánchez, José A.

Año de publicación: 2006

Fecha de incorporación a la web: 08/03/2010

Referencia bibliográfica:

ARTEA / José A. Sánchez (dir.), Artes de la escena y de la acción en España 1978-2002, Cuenca, UCLM, 2006, pp. 100-130. ISBN: 84-8427-440-3



Texto:

Los años finales de la guerra fría estuvieron marcados por una nueva versión de la estética catastrofista. Aparentemente, no había razones tan fuertes como en las décadas anteriores para temer el estallido de un conflicto nuclear. Sin embargo, diversos signos o tendencias permitían esbozar un horizonte pesimista: la catástrofe de Chernóbil en 1986 no sólo conmocionó y atemorizó por sus consecuencias físicas, también podía ser entendida como un derrumbe tecnológico que anunciaba el derrumbe económico y político de la Unión Soviética y que determinaría los últimos años del siglo XX. Pero ya desde principios de la década la crisis económica, la definitiva pérdida del entusiasmo ideológico (una vez apagadas todas las ascuas del 68) y la sustitución de las revoluciones por los atentados y el terror enturbiaron un período de aparente calma. En España, el entusiasmo que generó el triunfo socialista en las elecciones de 1982 se vio enturbiado por el problema del ingreso en la OTAN y tuvo su contrapunto en la experiencia de la normalización, que en Cataluña llegó con cierto adelanto tras el triunfo de Convergencia en las elecciones de 1979. Éste fue el año de estreno de una película, Mad Max, de George Miller, que iniciaría una serie de visiones apocalípticas con las que el cine y el teatro respondieron al interés de un público necesitado de fábulas suficientemente pesimistas como para compensar el pesimismo real.

La reinvención del cuerpo
Uno de los primeros en poner en escena la catástrofe fue Albert Boadella con su espectáculo Laetius (1980). En él se sintetizaba una parte importante de la trayectoria creativa de Boadella. Mostraba en forma de reportaje la aparición y evolución de un nuevo ser después de una guerra nuclear. Surgía de un escepticismo y de un pesimismo casi antagónicos al optimismo y al vitalismo manifestado por Comediants pocos meses antes en Sol Solet. “La tierra -se leía en el programa de mano- es un pequeño planeta destinado dentro del inmenso orden cósmico a producir ciclos de vida y autodestrucción.” Y en otro lugar, Boadella declaraba:

Yo no conozco ningún momento de la historia en el que alguien haya tenido un arma y no la haya usado. Laetius es una denuncia de las posibilidades de destrucción de la energía nuclear, pero sin recordárselo constantemente al espectador.

Para Laetius, Boadella utilizó un instrumento compositivo ya probado en M-7 Catalonia (1978) y que sería habitual en sus posteriores espectáculos: la dramaturgia prestada. Se trataba de aplicar a la composición escénica estructuras de ordenación propias de otros medios. Así se conseguía no sólo evitar lo dramático o lo narrativo, sino también una comunicación más directa con el público, una forzosa implicación del público en el espectáculo. Si en M-7 Catalònia la estructura empleada fue la de la conferencia, para Laetius recurrió al reportaje científico y en Olympic man mouvement (1981), al mitin político.

Tales estructuras implicaban al espectador en la acción, pero al mismo distanciaban la dimensión material o física de la escena, a pesar de que el trabajo seguía siendo básicamente gestual. A ello contribuían los dispositivos escénicos (Fabià Puigserver diseñó el de M-7 Catalònia), la iluminación y los recursos tecnológicos (la pantalla electrónica de Olympic Man), además de las diversas formas de enmascaramiento de los actores. Sus acciones se mostraban en escena descontextualizadas y reenmarcadas, trasplantadas a un espacio-tiempo artificial, desmaterializadas y devueltas a la corporalidad por unos actores privados de personalidad (en Laetius privados de rostro), que ponían su cuerpo perfectamente adiestrado al servicio de un objetivo irónicamente científico o, en cualquier caso, demostrativo. 1

Lo que el espectador veía en Laetius era el comportamiento de una criatura mutante, privada de dedos y rostro. Su ciclo biológico se había interrumpido, por lo que se alimentaba de sus propios excrementos. La hembra, género dominante, mataba al macho durante la cópula y se deshacía de sus hijos débiles; en cambio, era asesinada por los hijos fuertes para asegurar el sostenimiento demográfico en un territorio calcinado por la explosión. Para dar cuerpo a tales criaturas, mitad insectos mitad humanos, los actores visionaron numerosos documentales sobre insectos, a partir de los cuales se elaboró un lenguaje gestual, un nuevo código de treinta y cinco gestos, el código Laetius. La repetición del mismo a lo largo del espectáculo permitía al espectador su reconocimiento y gracias a éste su incorporación plena al espectáculo.



Archivos adjuntos: esteticadelacatastrofe_jasanchez.pdf |




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