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TEXTOS

Espacios rítmicos

Autor: Sánchez, José A.

Año de publicación: 2006

Fecha de incorporación a la web: 11/03/2010

Referencia bibliográfica:

ARTEA / José A. Sánchez (dir.), Artes de la escena y de la acción en España 1978-2002, Cuenca, UCLM, 2006, pp. 181-203. ISBN: 84-8427-440-3



Texto:

La idea de visualizar la música, que está en el origen del ballet clásico, dio lugar a principios del siglo XX a una serie de propuestas escénicas en que los cuerpos de los bailarines fueron sustituidos por formas plásticas, cuyo desplazamiento en escena era acompañado por sucesivos efectos de iluminación que los nuevos dispositivos eléctricos hacían posible. Ello permitió a Schönberg imaginar la posibilidad de “hacer música con los recursos de la escena” en su breve ópera La mano feliz o a Giaccomo Balla poner imágenes a la música de Stravinsky sin recurrir a bailarines, sino sólo a elementos escenográficos y cambios de iluminación, en la producción que Diaghilev hizo de Fuegos de artificio en 1917. Desde entonces, la alianza de música e imagen en escena ha dado lugar a numerosas tentativas, sea en la construcción de un teatro de imágenes rítmicas o en la construcción de espacios resonantes. A propósito de su espectáculo Sinfonic King Crimson (1981), el director y escenógrafo Iago Pericot declaraba lo siguiente: “Queríamos hacer un espectáculo audio-visual creado a partir de la música y del espacio, sin texto explícito alguno.” Para lo cual redujo las nueve horas disponibles de música de King Crimson a una hora y media y sobre ellas diseñó una acción con un contenido argumental fantástico, a veces delirante. Sobre una escena escalonada, los actores evolucionaban con un tipo de movimientos y gestualidad que resultaba difícil inscribir en lo que por entonces se entendía como “danza” o “mimo”, siempre en función del espacio y los elementos plásticos que lo componían. En palabras de Pericot, se trataba de “un espectáculo abstracto, algo así como una pintura de Kandinsky en movimiento” y, al igual que los de Robert Wilson, abierto por tanto a todo tipo de interpretaciones.i Unos años después, Iago Pericot creó, con la colaboración de Andrejz Leparski, un espectáculo de danza titulado Mozartnu (1986). Mireia Romera y Jordi Cortés improvisaron sobre La Misa de la Coronación de Mozart, bajo la atenta mirada de Pericot y Leparski, una serie de movimientos que sirvieron de base para la construcción de un espectáculo de treinta minutos de duración, sencillo e íntimo (el público estaba dispuesto en torno a los intérpretes), cuya efectividad residía básicamente en la fuerza plástica de los movimientos de dos cuerpos desnudos.

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