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TEXTOS

Notas sobre el teatro andaluz de creación

Autor: Sedeño, José A.

Año de publicación: 2006

Fecha de incorporación a la web: 11/03/2010

Referencia bibliográfica:

ARTEA / José A. Sánchez (dir.), Artes de la escena y de la acción en España 1978-2002, Cuenca, UCLM, 2006, pp. 215-241. ISBN: 84-8427-440-3



Texto:

Con la excepción del trabajo de investigación que realiza el Teatro Estudio Lebrijano dirigido por Juan Bernabé no existe constancia de un teatro experimental andaluz antes de 1972. Tres décadas después podemos observar un rico panorama de compañías que han renovado por completo nuestra escena y han alcanzado, en mayor o menor medida, el reconocimiento nacional e internacional. Esta transformación se ha realizado de manera progresiva y en estrecha relación con los cambios que se producen dentro de un contexto mucho más amplio. Si tuviéramos que establecer una breve cronología podríamos distinguir tres etapas, cada una de las cuales ha sido protagonizada por un conjunto de compañías que, en un momento determinado de su trayectoria, experimentaron necesidades e influencias creativas análogas. La primera generación está formada por Salvador Távora, Paco Sánchez y Alfonso Zurro. Ellos parten de una tradición cultural popular para sentar las bases del nuevo teatro andaluz. La segunda está empeñada con la renovación del lenguaje escénico y comprometido con la modernización de la escena, dentro de ella figuran Ricardo Iniesta, Sara Molina y Emilio Goyanes. La tercera está ya condicionada por una dinámica neoliberal y potsmoderna, donde la globalización y las leyes del mercado favorecen el mestizaje y obliga a los creadores a organizar su búsqueda desde los márgenes de una teatralidad menor. Thomé Araujo, Ángel Calvente y Pepe Quero son algunos de los que entran dentro de este grupo. Del compromiso social a la reflexión crítica, del planteamiento colectivo a la perspectiva individual, unos y otros dibujan un paisaje humano y estético que configura hoy nuestra cultura teatral.

La construcción de una nueva identidad teatral andaluza: Salvador Távora, Paco Sánchez y Alfonso Zurro.
Las bases del nuevo teatro andaluz parten de los elementos de la cultura popular y poseen una fuerte carga ideológica. Andalucía comienza a tomar conciencia de su propia identidad en el calor de la lucha política contra un franquismo que desprecia lo andaluz, al mismo tiempo que lo manipula como un conjunto de tópicos que oculta y distorsionan la autentica imagen de nuestra tierra. El pionero en este camino es Salvador Távora, pero compartirán este mismo impulso, aunque desde perspectivas muy distintas, los directores Paco Sánchez y Alfonso Zurro. Távora parte del mundo del trabajo, del toreo y del flamenco para elaborar un lenguaje físico fuertemente sensorial, donde el riesgo está siempre presente. En Paco Sánchez, esos mismos elementos son tamizados por la memoria y cargados de una mezcla de nostalgia e ironía amarga. Mientras que en el primero los personajes adquieren el carácter de héroes anónimos que encarnan a través de sus acciones una historia de rebelión colectiva contada desde la rabia y la poesía, en el segundo son antihéroes que carecen de un objetivo claro distinto al de su propia supervivencia. Incapaces de protagonizar sus propias historias, permanecen atrapados dentro de ellas. Su desorientación y fragmentariedad evocan a los personajes de Beckett, otro de los referentes presentes en las dramaturgias simples, claras y divertidas de Alfonso Zurro, basadas en elementos de la cultura popular. Sus personajes son héroes menores, carecen de toda grandeza, pero son libres para discurrir por las peripecias de las historias que nos cuentan. Las nuevas dramaturgias andaluzas llenaron nuestros escenarios de desheredados rebeldes, grotescos, tristes o ingenuos. Personajes centrales de historias que nos devuelven por primera vez una imagen distinta de nosotros mismos. Estableciendo una distancia respecto a la literatura teatral intentan dejar de lado la imagen oficial que la escritura ha fijado de nosotros. Si el teatro de Távora es aliterario, porque se sitúa al margen de la tradición literaria occidental y el de Paco Sánchez es antiliterario porque se identifica con las ideas de Antonin Artaud, el de Alfonso Zurro es preliterario, porque se inspira directamente en la tradición oral.

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