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TEXTOS

De malestares teatrales y vacíos representacionales: el teatro trascendido

Autor: Diéguez, Ileana

Año de publicación: 2010

Fecha de incorporación a la web: 14/04/2010

Referencia bibliográfica:

Cornago, Óscar (Coord.), Utopías de la proximidad en el contexto de la globalización: La creación escénica en Iberoamérica. Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2010.



Texto:

(…) ¿si nunca hubo realmente representación auténtica de la totalidad, la famosa “crisis” no consistirá en el hecho de que repentinamente ha quedado al desnudo —lo cual no necesariamente significa que haya una plena conciencia de ello— ese vacío constitutivo de representación? ¿Se trata quizás de una crisis de “hegemonía”, para reiterar una remanida fórmula gramsciana, en el sentido de que es la creencia misma en el valor de la “representación” como tal lo que ha sufrido un colapso más o menos definitivo? En cuyo caso nos encontraríamos, claro está, ante una crisis profundamente cultural, en el sentido más amplio y totalizador posible.

Eduardo Grüner (2005: 338)

Más allá de las clasificaciones de otras y otros modos de hacer teatro, me interesa problematizar la cuestión de la teatralidad en el amplio campo de lo artístico y en producciones estéticas cotidianas que trascienden el arte y por supuesto el teatro mismo. Esta fue una reflexión que comencé abordando desde la perspectiva liminal para referirme a prácticas artísticas y políticas en el contexto latinoamericano como escenarios y teatralidades liminales, y que ahora enfoco hacia las problemáticas representacionales y las teatralidades que se configuran en las prácticas socioestéticas. Preguntarse hoy por la teatralidad, el teatro o el arte en general implica preguntarse por otra cuestión mucho más trascendente: el problema de la representación y sus declaradas crisis en todos los órdenes de la vida pública y privada. Más allá de repetir el lema de una crisis, el cual de ninguna manera niego, tendríamos que escuchar a quienes se han preguntado por el lugar que históricamente han ocupado los representados y los representantes, y preguntarnos entonces si junto con la crisis de la representaciones habría que reconocer que hemos padecido un gran vacío representacional, o para no ser tan pesimistas decir entonces que hemos padecido un adelgazamiento y una usurpación de las políticas de representación.

“Teatralidad” y “representación” son dos términos que exceden el teatro. La representación como la teatralidad nos desbordan, y esta desacotación, este “exceso” produce un profundo malestar para las academias acostumbradas a taxonomizar y acotar. Sobre todo en un tiempo en el que ya se hizo demasiado evidente que la representación como el logos paterno “se encuentra en completo desorden” (Derrida 1975: 252). En un contexto de repetidas crisis representacionales no es solo la “gente de teatro” la que se ha planteado la crisis de la representación. Esta es una problemática que hace varios años comenzó a desarrollar la filosofía —como demuestran numerosos ensayos al respecto: Derrida, Lefebvre, Nancy, Grüner— y que responde a la propia crisis representacional en todos los órdenes de la existencia: las ideas, la lingüística, la política, la religión, la economía, la cultura y como parte de esta última, el arte.

Las relaciones entre el poder y su manifestación en todos los niveles de la vida de una comunidad-ciudad-país es similar a la modalidad clásica que establece relaciones jerarquizadas entre el director y la escena con sus actores y técnicos, cuestión esta ampliamente reflexionada por estudiosos teatrales como Evreinov al considerar las nuevas disposiciones escénicas de la vida durante y después de la Revolución Francesa; por etnosociólogos como Georges Balandier, quien consideró que lo político responde a una escenología; por teóricas de crítica cultural como Nelly Richard cuando se refirió al golpe militar ocurrido en 1973 en Chile como un “golpe de representación” (2001: 103); o por sociólogos como Eduardo Grüner, quien ha analizado cómo a partir de la profunda crisis abierta en diciembre-2001 el pensamiento político y todas las propuestas de las llamadas ciencias sociales y humanísticas en la Argentina se han visto en la necesidad de repensar sus categorías. La representación es siempre un campo para el ejercicio de lo político, y su análisis más que discutir la sustitución del término —o lo que es lo mismo, derrocar un viejo rey para imponer otro— debería implicar una deconstrucción, un desmontaje del uso tradicional del concepto. Sin embargo, esa deconstrucción resultaría vana “si llevase a algún tipo de rehabilitación de la inmediatez, de la simplicidad originaria, de la presencia sin repetición ni delegación […]. Ese prejuicio antirrepresentativo puede impulsar las peores regresiones”, nos ha advertido Derrida (1987: 95). La historia de las representaciones ha fundado sitios de legitimación donde se duplican y se pretenden reforzar presencias. Desde los territorios de la institución política —cualquiera que ella sea— hasta las tribunas artísticas, la representación como concepto ha sido legitimada por las relaciones entre verdad y sustitución. El vínculo histórico entre presencia y verdad que ha marcado una cultura logocéntrica forma parte de los continuos debates que hoy suceden en torno a la representación. Obsesionados por saber si lo que vemos es verdadero o ilusorio, si estamos en el mundo de lo real o en el de la mentira, la reflexión de Foucault (1999: 149) irrumpe y provoca: “La función de la filosofía consiste en delimitar lo real de la ilusión, la verdad de la mentira. Pero el teatro es un mundo en el que no existe esta distinción. No tiene sentido preguntarse si el teatro es verdadero, si es real, si es ilusorio o si es engañoso; solo por el hecho de plantear la cuestión desaparece el teatro. Aceptar la no-diferencia entre lo verdadero y lo falso, entre lo real y lo ilusorio, es la condición del funcionamiento del teatro”. En esta observación habita una alta liminalidad y carga política que da cuenta de las manipulaciones filosóficas y muy especialmente ideológicas que se han esgrimido para solemnizar e institucionalizar el teatro en nombre de “la verdad”, a la vez que se explicita la conflictividad que en el terreno del arte impone la ilusión filosófica al buscar trascender las representaciones para alcanzar una “verdad”. Ambas cuestiones nos plantean la necesidad de desnudar el “conflicto de las equivalencias” (Grüner, 2004) que han determinado el manejo del concepto de representación.

Rebasando la cuestión propiamente teatral, el debate de la representación como sustitución de “verdad y presencia” debería considerar los inevitables desplazamientos de la presencia, su diseminación en la diferencia. La presencia como desocultamiento o aparición, regreso al origen, a la patria de la legitimidad, también sugiere “la nostalgia de una presencia oculta bajo la representación” (Derrida, 1987: 103) y el enlace con las tramas de la autoridad y los fundamentalismos. Este sería el punto a observar en el anunciado retorno de la teatralidad hacia los cuerpos de la presencia, teniendo en cuenta que esta negatividad representacional emerge en el contexto de una crítica filosófica al logocentrismo discursivo, al imperio del autor —en cualquiera de sus acepciones— como padre luminoso fundante de presencias-palabras-conceptos.

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