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TEXTOS

El mono que aprieta los testículos de Pasolini

Autor: Liddell, Angélica

Año de publicación: 2010

Artista: Angélica Liddell

Fecha de incorporación a la web: 27/04/2010

Referencia bibliográfica:

ARTEA/ CORNAGO, Óscar (Coord), Utopías de la proximidad en el contexto de la globalización. La creación escénica en Iberoamérica. Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2009, pp. 287-293. ISBN: 978-84-8427-686-9



Texto:

La pasión nutre al mono. Es el mono que aprie¬ta nuestros genitales. La pasión estalló en el estó¬mago del mono de Pasolini. El mono que apretaba los genitales de Pasolini llegó al punto máximo de fuerza justo cuando Pasolini concibió Saló. Cuanto más dolor hay sobre la tierra, cuanto más decepcionados nos sentimos, más aprieta el mono. Nuestros dientes rechinan en la medida en que se tensan los tendones de la mano del animal. Las venas de sus dedos están cargadas con la nitrogli¬cerina del resentimiento y del asco. El mono sien¬te asco por todos nosotros. El mono siente asco por la sociedad. El mono es el origen del dolor humano. El mono tiene que enfrentarse a su pro¬pia evolución degenerada, es decir, a los hombres. Soporta las celdas más pestíferas que un ser vivo puede soportar, circos, zoológicos y laboratorios como en una parodia bizarra y cruel de lo que un hombre es capaz de hacer contra otro hombre. La fuerza del mono proviene de su sufrimiento. El mono insiste en el sufrimiento para intentar com¬prender el disparate de su metamorfosis.

Mi punto de vista incluye al mono enfermo que aprieta mis genitales. Mi punto de vista incluye a Pasolini. Mi punto de vista, como el del mono, es totalmente antisocial, pasional. Mi punto de vista incluye las definiciones de pasión: “acción de pa¬decer; cualquier perturbación o afecto desordena¬do del ánimo; en medicina, afecto o dolor sensible de alguna de las partes del cuerpo enfermo; incli¬nación o afición vehemente a una cosa”. Contra una sociedad ruin que aspira a cualquier tipo de poder, que consume poder compulsivamente, me declaro apasionada. Mi obra, que es una acción más de mi vida, sobrevive apasionada. He nacido demasiado. El cuerpo enfermo se hace verbo. Mi obra acaba siendo una oveja rabiosa y epiléptica, inevitablemente oveja de la manada, pero al me¬nos oveja rabiosa.

Si el arte pudiera ser meningítico y contagiar. Pero el arte es simplemente el ansia de lo realiza¬ble, como el suicida que ama demasiado la vida, como el suicida que vive suicidado, como el suici¬da que nunca muere. El arte es el ansia de lo reali¬zable, porque quisiera crear una conciencia trágica del fracaso humano, pero nunca llega a conseguir¬lo. La sociedad impone su maldad y su ignorancia una y otra vez. La ignorancia pequeño-burguesa no integra el arte como epifanía reveladora ni como alianza con el alma humana. No integran el arte como revolución ni como ratificación de la in¬dividualidad. La sociedad, despegada por comple¬to del arte, es fea y dañina. No soporta la coheren¬cia artística, siempre brutal. La bondad, la belleza y la verdad son demasiado peligrosas. Ya lo avisa Hölderlin, “La poesía es un juego peligroso”. Es natural que los mezquinos de la tierra huyan des¬pavoridos ante la poesía. Corren a refugiarse en sus raquíticas convenciones y compromisos. Está claro que el pacto social es hipócrita, necesaria¬mente hipócrita, pero el arte no puede ser social, el arte debe romper ese pacto, el arte debe ser anti¬social para no ser hipócrita.

Me incorporo a la reflexión de Musset, “Hay un predominio del sufrimiento en lo moder¬no”. La silla eléctrica de Warhol es modernísi¬ma. Modernísima la virgen muerta y podrida de Caravaggio. Modernísimo el autorretrato que Miguel Ángel realizó en el repugnante pe¬llejo de San Bartolomé. Moderno el suicidio de Madame Bovary y La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne. Entiendo lo moderno desde la pers¬pectiva del mono iracundo que hubiera deseado convertirse en algo no humano. Lo moderno es la desesperación del mono que jamás deseó llegar a ser hombre. De igual modo que el mono prehistó¬rico es el origen del dolor, lo moderno es el origen de la violencia poética.
Pero la sociedad pequeño-burguesa, bienpen¬sante, correcta, es falsamente moderna, y por esa razón es también falsamente tolerante, falsamen¬te comprometida, falsamente culta. Cuando se intenta comprender el origen del dolor humano, cuando se intenta comprender el sentido de la vida mediante la violencia poética la sociedad se vuelve intolerante. Si formulamos las grandes preguntas del hombre mediante actos de violencia poética la sociedad se acobarda, se agusana y se vuelve injus¬ta, sorda y ciega.

Esta abstracción nauseabunda que es la socie¬dad, tan ávida de violencia televisiva, coprófaga, bulímica de violencia informativa, es la misma so¬ciedad que escupe contra la violencia poética, es la misma sociedad que se siente amenazada por la violencia poética. Vomitan la violencia poética mientras devoran la televisiva. Degluten guerras, hambrunas, crímenes, degluten todo aquello que es televisado sin que nada, incluso lo más horren¬do, les agreda. Pero si concentráramos las mismas guerras, hambrunas y miserias en un escenario, esos burguesotes en vez de deglutirlo lo vomita¬rían, porque en sus míseras vidas vomitan todo aquello que no tiene que ver con el poder y con sus repugnantes ambiciones. La violencia poética les mancha. La violencia televisiva deja intactas sus ambiciones. La violencia televisiva nunca ata¬ca. Sin embargo la misión de la violencia poética es atacar, atacar sin descanso. A la violencia te¬levisiva nos enfrentamos con la mezquindad del que elude responsabilidades. Frente a la violen¬cia poética no podemos eludir responsabilidades porque como espectadores formamos parte del acontecimiento violento. La violencia real viene provocada por una imbecilidad atroz. La violencia poética por una lucidez atroz. Es triste, realmente triste, que la una no exista sin la otra.

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