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TEXTOS

Íntima disidencia

Autor: Renjifo, Fernando

Año de publicación: 2011

Artista: Fernando Renjifo

Fecha de incorporación a la web: 17/04/2012

Referencia bibliográfica:

A veces me pregunto por qué sigo bailando. Prácticas de la intimidad, Madrid, Con tinta me tienes, 2011, pp. 430-435.



Texto:

[...]

Hay experiencias y visiones que pueden modificar la íntima percepción de todos los tiempos y de todos los espacios. ¿No supone el instante poético, por ejemplo, y la contemplación, a su modo, un repliegue de la conciencia, una especie de exilio, de suspensión del tiempo y del espacio, donde ambos se densifican, y al tiempo pierden sus contornos? Si miramos, por ejemplo, el cuadro de Friedrich Monje frente al mar, y nos preguntamos hasta dónde abarca el paisaje que contempla el monje, o cómo es el paisaje que tiene a sus espaldas, o desde cuándo lo contempla, o cuánto tiempo permanecerá ahí el monje, nos damos cuenta de que estas preguntas son irrelevantes a pesar de que el cuadro transmite una sensación nítida de espacio-temporalidad, un aquí y ahora, que se reproduce en el acto contemplativo del espectador. El tiempo y el espacio del monje cobran sentido en el presente del espectador, que a su vez abre una fisura, un paréntesis, una herida dentro de su propio presente. Y lo importante en ese nuevo presente no es lo que ve el monje, sino lo que yo veo a través de su mirada, que ya no es lo que él ve. Lo importante es el espacio abierto entre nuestras dos presencias (la del cuadro, la mía) y el tiempo que entre los dos consigamos sustentar, abierto a nuevos acontecimientos.

 Y pienso en esto en relación con mi quehacer: ¿qué tiempos sustentar, qué espacios generar y cómo relacionarse en ellos, desde dónde proponer?, ¿qué lugares defender?, ¿qué valor reclamar ahí para las imágenes, las palabras y los cuerpos? ¿Cómo ser ahí consecuente con esa íntima disidencia que me mueve hacia el trabajo y me coloca en ese paradójico lugar que genera ese doble movimiento de repliegue interior, refugio, exilio y vocación de comunicación y apertura pública? ¿Cómo asumir y defender la pequeñez, inutilidad o fragilidad de lo que soy capaz de generar? ¿Cómo puede mi íntima disidencia resonar en los otros y cómo ser fiel a ella? Una práctica artística supone de algún modo una convocación, un llamado, y me pregunto cómo pensar la responsabilidad del que hace el llamado, y cómo pensar sus propias limitaciones. Qué se puede ofrecer ahí, qué se puede esperar, qué se puede demandar, anclado en la evidencia de lo cotidiano y en compromiso con el presente.

 Es evidente que en la vida actual el exceso de imágenes, de ruido, de información, de normas, ha pervertido nuestra mirada y ensombrecido nuestra responsabilidad. Como es claro que las manifestaciones artísticas tienden a ser absorbidas por ese todo totalizador que llamamos cultura, en el que son fácilmente neutralizadas, tergiversadas o rentabilizadas por los mecanismos del mercado, la industria o la política. Buscar los intersticios de esta gran maraña supone una atención y una negociación constante y es para mí un móvil para el trabajo. Si nuestra mirada está enormemente condicionada, y ha perdido toda ingenuidad, y muchas veces su profundidad, podríamos pensar en qué lugares y de qué manera esa mirada puede volver a ser íntima y cómo puede restablecer la dignidad de lo que se mira. Y cómo, en ese mismo ejercicio, reencontrarnos de otra manera.

 En los últimos años, he ido entendiendo mi quehacer como la posibilidad de generar y sustentar otros tiempos, otros espacios y otras miradas para ser compartidos. La desconfianza de los grandes lugares y de los grandes discursos me ha llevado a intentar explorar los pliegues sutiles de la relación con el espectador. Mi propia sensación de tiempos y espacios invadidos, en donde acabo por no reconocerme, me ha sugerido la exploración del silencio, así como la lucha contra la inercia y la avidez del tiempo de la representación. Los excesos de lo que se me ofrece me han hecho preguntarme sobre la construcción y el metalenguaje de la mirada. Y muchas veces me han llevado a trabajar a partir de la ausencia, ausencia de imágenes, de palabra, de posibilidad de comprensión lineal. Ante lo desaprendido, se da entonces una tensión inevitable con la mirada del otro, al tiempo que se deposita en él una confianza imprescindible, que abre la posibilidad de un pequeño lugar donde compartir responsabilidad y cruzar intimidades. Trabajar desde la confianza en el espectador quiere decir saberlo capaz de gestionar su propio tiempo de espectación, de cuestionar su propia mirada y de convivir con su propio ruido o su propio silencio. Cuestionar el lenguaje quiere decir renunciar muchas veces a sus posibilidades más evidentes y a su valor primigenio. Entiendo lo poético, por ejemplo, como una disidencia con el lenguaje, que se declara insuficiente. Creo que esta lucha con el lenguaje es la que permite otros modos de relación entre el espectador y la obra. Pienso que hoy lo escénico, por ejemplo, con la libertad que le da el haber perdido sus normas,  y por tanto su previsibilidad, tiene precisamente la posibilidad y la capacidad de cuestionar cuál es –y en cada momento- el valor del cuerpo, de la palabra y de las imágenes.

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Archivos adjuntos: Fernando Renjifo-Intima disidencia.pdf |




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