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TEXTOS

Lo que queda por hacer. Algunas reflexiones sobre la idea de comunidad en las artes escénicas

Autor: Cornago, Óscar

Año de publicación: 2012

Fecha de incorporación a la web: 17/04/2012

Referencia bibliográfica:

Quadrivium. Revista de Artes Escénicas (México)



Texto:

La idea de “comunidad” parece iluminar el lado amable de lo social, la dimensión humana de una sociedad, su lado natural u orgánico frente a su representación oficial, las leyes y formas administrativas que la organizan y la imponen —nos la imponen—. Una comunidad no es una agrupación desorganizada de personas, sino un fenómeno sensible que se produce como resultado de esa necesidad humana de ser a través de los demás. Esa necesidad humana es ciertamente natural, aunque el modo de administrarla nos coloque en el centro de lo social. Entre diversas formas de concebir esa organización de personas a la que llamamos sociedad, la comunidad remite a lo común como base de dicha organización. ¿Pero qué es lo común? La sociología, uno de los campos de conocimiento que han marcado la cultura del siglo XX, nos ha acostumbrado a pensar lo social desde el punto de vista del número, de las estadísticas y los porcentajes; pero lo social, como afirmaba Badiou de la política, hay que liberarlo también de la dictadura del número. Las distintas sociedades no se diferencian por su condición cuantitativa, sino en primer lugar por una dimensión cualitativa. Ser social no quiere decir ser muchos, sino estar en relación con. Una sociedad es antes que nada un modo de pensar los vínculos que nos unen y nos separan, una forma de hacer y deshacer el tejido sobre el que se construyen las representaciones, es una mamera de sentir, antes incluso que de pensar, eso que ocurre cuando dos o más personas conviven en un mismo espacio. Y eso que ocurre tiene algo de misterio, o de instintivo, como la necesidad de compañía humana, que decía Rodrigo García en Versus.

 

Desde Rousseau hasta Nancy, pasando por Kant o Heidegger, el balance es siempre el mismo: la comunidad es un imposible. A la vuelta de la aventura política de la Modernidad, de las ideologías, los totalitarismos y las utopías, lo social vuelve a descubrirse como el problema irresoluble que siempre ha sido (Esposito, 2003, 2009). El comunismo, como la gran apuesta de la historia política contemporánea para llegar a una sociedad donde el trabajo no sea una forma de sometimiento, sino de liberación, había fracasado en términos de política real. Durante los dos últimos siglos la idea de comunidad ha pervivido bajo distintas etiquetas como nación, pueblo, Estado, patria, ciudadanía, que se han ido agotando conforme sus referentes han sido cuestionados por lo que tenían de excluyentes, por todas aquellas realidades —“personas”— que no podían ser parte de esa nación, de ese Estado, de ese pueblo o esa patria. Lo social se dejó ver antes como un derecho adquirido que como resultado de una necesidad, un derecho natural del individuo. A partir de los ochenta, pasado aquel tiempo de compromisos, revoluciones y luchas políticas, la idea de comunidad aparece una vez más en el pensamiento político como un lugar distinto desde el que volver a recuperar la posibilidad de lo social. Curiosamente, casi tres siglos después, las preguntas que se plantearon pensadores como Rousseau o Montesquieu acerca de la posibilidad de la convivencia humana, han vuelto a resonar en la escena teatral, en ocasiones de manera explícita como en Versus o Esparcid mis cenizas sobre Disney, de Rodrigo García, o en Perro muerto en tintorería, de Angélica Liddell, donde el autor de El contrato social es invocado una y otra vez para aludir a su teoría del Estado como construcción que aniquila a los individuos.

 



Archivos adjuntos: comunidad-lo que queda por hacer.pdf |




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