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TEXTOS

Qué podemos hacer?

Autor: Garcés, Marina

Año de publicación: 2011

Fecha de incorporación a la web: 17/04/2012

Referencia bibliográfica:

A veces me pregunto por qué sigo bailando. Prácticas de la intimidad, Madrid, Con tinta me tienes, 2011, pp. 393-407.



Texto:

[...]

La impotencia no es consecuencia de una debilidad histórica de los movimientos sociales o de cualquier otro sujeto político que podamos imaginar. Su debilidad misma es la consecuencia de una reformulación del vínculo social en la que la lógica de la conexión ha sustituido a la lógica de la pertenencia. Esto significa que la inclusión/exclusión de cada uno de nosotros se juega no en las relaciones de pertenencia de un grupo más amplio (pueblo, comunidad, clase) sino en la capacidad de conexión, permanentemente alimentada y renovada, que cada uno sea capaz de mantener a través de su actividad como empleado del todo. En la movilización global (López Petit, 2009), cada uno está solo en su conexión con el mundo. Cada uno libra su particular batalla para no perder la conexión con el mundo, para no quedarse fuera, para no hacer de su biografía un relato más de la exclusión. Pasarse la vida buscando trabajo, jugarse la vida cruzando fronteras: son los dos movimientos paradigmáticos, las biografías del precario y del inmigrante que somos todos. La lógica de la pertenencia tenía sus particulares formas de dominio. La de la conexión es simple y binaria: o te conectas o estás muerto. Con esta reformulación del vínculo social, resultado de la derrota histórica del movimiento obrero, cada vida es puesta en movimiento hacia el mundo. Nadie está seguro donde está: la conexión, personal e intransferible, es inseparable de la amenaza de la desconexión. Por eso ese nuevo contrato social nos convierte en productores y reproductores de la realidad, en nudos que refuerzan la red: establecido unilateralmente con cada uno, obliga autoobligando, controla autocontrolando, reprime autorreprimiendo.

Si la impotencia no es consecuencia de una debilidad histórica de los movimientos sociales, tampoco lo es de una incapacidad particular del individuo, de su insignificancia frente al mundo. “Yo no hago /no puedo hacer nada”: ni por la sociedad, ni contra la destrucción del planeta, ni para detener la guerra... nada. Es la declaración autocontemplativa de un sujeto que solo puede moverse entre la culpabilidad y el cinismo. Es la voz de un yo aislado en su conexión a la red, de un yo cliente, consumidor, espectador, ciudadano obediente. Solo en un mundo solo. Solo con todos los demás. Desde su conexión precaria y despolitizada, ese yo es presa de la moral, la opinión y la psicología. Se mueve entre la esfera de unos valores que sobrevuelan el mundo, con los que enjuicia y es enjuiciado; la compra-venta de opiniones que le ofrecen una posición en la sociedad y un precario espacio de seguridad frente a los demás.

 

 Combatir la impotencia y encarnar la crítica pasa, en primer lugar, por atacar ese yo: atacar los valores con los que sobrevolamos el mundo, atacar las opiniones con las que nos protegemos de él, atacar nuestro particular y precario bienestar. Si la crítica puede definirse como aquel discurso teórico-práctico que tiene efectos de emancipación, el principal objetivo de la crítica hoy tiene que ser liberarnos de ese yo cautivo. El yo al que nos referimos no es nuestra singularidad. Tampoco es la irrenunciable irreductibilidad de cada vida. Este yo es el dispositivo que nos aísla y a la vez nos conecta a la movilización global. Cada uno con sus valores, opiniones y estados de ánimo puede estar tranquilo frente al mundo, puede quedar impotente ante al mundo. Cínico o culpable, el yo siempre sabe dónde tiene que estar.

 Contra la tradición moderna, desarrollar un pensamiento crítico no significa entonces llevar al sujeto a su mayor grado de madurez y autonomía individual, sino arrancar al yo de esa distancia que lo mantiene siempre en su lugar frente al mundo. El ideal moderno de la emancipación había estado vinculado a la idea de que liberarse es en el fondo “despegar” del mundo de la necesidad, deshacer el lazo hasta ser autosuficientes como dioses, individual o colectivamente. Este sería el camino del reino de la necesidad al reino de la libertad en sus diversas formas. En nuestra sociedad-red, la pregunta de un pensamiento crítico y emancipador quizá tiene que ser otra: la pregunta por nuestra capacidad de conquistar la libertad en el entrelazamiento. La liberación tiene que ver hoy con la capacidad de explorar el lazo y fortalecerlo: los lazos con un mundo-planeta, reducido hoy a objeto de consumo, superficie de desplazamientos y depósito de residuos y los lazos con esos otros que, condenados siempre a ser otro, han sido desalojados de la posibilidad de decir “nosotros”. Combatir la impotencia y encarnar la crítica significa, entonces, hacer la experiencia del nosotros y del mundo que hay entre nosotros. Por eso, como afirmábamos al principio, el problema de la crítica no es hoy un problema de la conciencia sino del cuerpo: no concierne a una conciencia frente al mundo sino a un cuerpo que está en y con el mundo. Esto no sólo acaba con el conocido papel del intelectual, sino también con los mecanismos de legitimación de su palabra y de sus canales de expresión. ¿Desde dónde se piensa hoy? ¿Quién puede hacerlo? ¿Cuáles son los dispositivos que hacen del pensamiento un combate y no un acatamiento del orden? ¿Y cómo se hace el pensamiento fuerza material?

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