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TEXTOS

Reflexiones sobre violencia y sociedad. A partir de San Jerónimo, de Angélica Liddell

Autor: Cornago, Óscar

Año de publicación: 2012

Artista: Angélica Liddell

Obra: San Jerónimo

Fecha de incorporación a la web: 24/05/2012

Referencia bibliográfica:

Revista Afuera. Estudios de crítica cultural, 11 (2012).



Texto:

En su Ensayo sobre los hombres del terror, Enzensberger se refiere a la cantidad creciente de perdedores en un sistema económico, social y cultural impuesto a nivel mundial vía capitalismo. La competitividad, que está en la base de su funcionamiento, obliga a participar, quieras o no quieras, para obtener algún estatus que oscile entre estos dos extremos: ganador o perdedor. Personas que vivían dentro de otros sistemas culturales o ajenos a este sistema mundial pasan automáticamente a ser consideradas bajo las nuevas reglas de juego, y o se acomodan, o entran directamente con la etiqueta de perdedores: frustrados, vencidos, víctimas… Enzensberger se ocupa de un tipo particular de perdedor, el perdedor radical, cuya personificación política más conocida es el terrorista suicida y cuya identificación cultural más inmediata procede del mundo árabe. Aunque el estudio se centra en este último, considerándolo a la luz del islamismo, y haciendo un balance tras sus últimos diez siglos de historia, el “perdedor radical” no es un producto exclusivo del islamismo frente a la cultura occidental. El fenómeno de los “lobos solitarios”, como se ha denominado a los asesinos que un día irrumpen en el espacio público haciendo una masacre para luego matarse ellos mismos o entregarse a la policía, es otra manifestación del perdedor radical.

A uno de estos casos, el del noruego Anders Behring Breivik, que mató a decenas de personas tras un tiroteo indiscriminado sobre los participantes en los campamentos de las Juventudes Laboristas en la isla de Utoya, cerca de Oslo, se refiere Angélica Liddell en San Jerónimo, una acción escénica realizada en el 2011 en el Wiener Festwochen. La consigna que operó como punto de partida, como se cuenta en el texto de presentación de la obra, fue pensar sobre las “estrategias de supervivencia”, a lo que podríamos añadir: de supervivencia del dolor.

 

La pregunta, sin embargo, no es por el dolor en sí mismo, sino por la justificación de ese dolor, por su causa, por la necesidad de representarlo para encontrarle una explicación, para darle un lugar (en la escena). Esa necesidad “escénica” es, paradójicamente, la que causa dolor. Esa es la pregunta que Job le hace a Dios, que el mismo hijo de Dios le hace al padre en un momento de debilidad que lo convierte en humano y que Angélica Liddell retoma al comienzo de Te haré invencible con mi derrota, otra acción del año 2010 estrenada en Montemor, Portugal, en la 31 edición de Citemor. Las implicaciones teológicas de la pregunta y de la propia acción de Liddell, donde se intenta una conversación con la violoncelista Jacqueline Du Prés, muerta en 1987, son evidentes.

 

La razón del dolor, o mejor dicho, su falta de razón genera una rabia interior que lucha por proyectarse hacia fuera, por manifestarse y manifestar su condición social. Inicialmente, podríamos diferenciar esa rabia de una violencia social o una violencia política, aunque finalmente todas terminen relacionadas. El dolor, como experiencia física, nos sitúa en el orden de la naturaleza, pero la pregunta por el sentido del dolor, nos coloca en el orden de lo humano, de la naturaleza humana, es decir, de lo social, la moral y la política.

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