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Un hombre que pasea y recoge lo que encuentra

Autor: Blázquez Carretero, Elena

Año de publicación: 2014

Fecha de incorporación a la web: 02/04/2014

Referencia bibliográfica:

CORNAGO, Óscar (Coord.), Manual de emergencia para prácticas escénicas. Comunidad y economías de la precariedad, Madrid, Continta me tienes, 2014, pp. 15-24



Texto:

Instrucciones

Después de acceder a las imágenes recortables, puede empezar a leer la historia de “El hombre que pasea y recoge lo que encuentra”. Tras una breve introducción, se encontrará con cuatro posibilidades y una conclusión. De esas posibilidades, puede tomar una, dos, tres, todas, o ninguna. Puede ir colocando las imágenes recortables según considere. El relato, además de estar formado por todas estas posibilidades; contiene también un marco y cuatro etiquetas (TODO, NADA, DENTRO y FUERA); a partir de las cuales se pueden escenificar algunas de las ideas expuestas en el texto.

Relato: “Un hombre que pasea, y recoge lo que encuentra”

“Un hombre que pasea no debería tener que preocuparse de los riesgos que corre o de las reglas de la ciudad. Si se le ocurre una idea divertida, si una tienda curiosa se le ofrece a la vista, es natural que, sin tener que hacer frente a peligros que nuestros antepasados ni siquiera hubieran imaginado, quiera atravesar la calzada. Pues bien, hoy no puede hacerlo, sin tomar mil precauciones, sin interrogar al horizonte, sin pedir consejo a la jefatura de policía, sin mezclarse con un grupo atontado y zarandeado cuyo camino está trazado de antemano por vallas de metal brillante. Si intenta reunir los pensamientos caprichosos que se le ocurren, y que las vistas que la calle le ofrecen estimularán aún más, se ve ensordecido por las bocinas, agobiado por los altavoces…, desmoralizado por los fragmentos de charlas, de informaciones políticas y de jazz que se escapan solapadamente por las ventanas. También en otro tiempo, sus hermanos los mirones, que caminaban tranquilamente por las aceras y se iban parando un poco por todas partes, daban a la marea humana una paz y una tranquilidad que ha perdido. Ahora se ha convertido en un torrente que a uno le envuelve, lo empuja, lo arroja, lo arrastra de un lado a otro”.

                                             Edmond Jaloux, “Le dernier flanêur”, Le Temps, 22 de mayo de 1936.
 


Un hombre que pasea no debería tener que preocuparse de los riesgos que corre o de las reglas de la ciudad. Si se le ocurre una idea, si algo curioso se le ofrece a la vista, es natural que, sin tener que hacer frente a peligros que nuestros antepasados ni siquiera hubieran imaginado, quiera atravesar la calzada. Sin embargo, hoy en día, son muchas las reglas e impedimentos que restringen el paseo libre por las calles. Uno debe mantenerse atento de no sentarse en una plaza a comer o a beber, donde ha sido prohibido este tipo de práctica; y evitar todo tipo de multas por restricciones recientes, para muchos desconocidas. Una plaza que era una plaza, se convierte en una colmena de terrazas, en las que el sentarse es un acto limitado para aquellos que lo puedan pagar. Bancos que ya no sirven para sentarse porque tienen dispositivos a modo de pincho que los convierten en objetos decorativos o en vestigios del recuerdo de los poyos de las plazas de los pueblos. Porque sentarse acabará saliendo muy caro, y lo harán sólo unos pocos. Dormir en la calle dejará de estar permitido, y pronto ocurrirá lo mismo que en las apacibles ciudades del centro de Europa, donde “no existen” los vagabundos o los mendigos, porque los hicieron desaparecer.

Se crean espacios de danzas cuadradas, monótonas y repetitivas, como lo es un ring, un quad de movimientos pre-establecidos. El Quad de Beckett [Fig.1] tiene una estructura musical. Es una misteriosa danza cuadrada. Cuatro figuras tapadas se mueven alrededor de los lados de un cuadrado. Cada una tiene su propio itinerario. Se termina por generar un patrón donde las colisiones y fricciones entre unos y otros se evitan. Lugares como una plaza donde la gente (a) parece inerte, parada, perdida, sin movimiento interior que le impulse a ir en una u otra dirección. Una plaza donde uno nunca se podrá cruzar con el otro; tal y como parece que ocurre en la Plaza de Giacometti.

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Archivos adjuntos: Elena_Blazquez-Un_hombre_que_pasea_II.pdf |




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