Español || English
Logo Artes Escenicas Inicio
Buscador
TEXTOS

Las palabras y los procesos

Autor: Sainza Fraga, Bárbara

Año de publicación: 2013

Fecha de incorporación a la web: 09/06/2014

Referencia bibliográfica:

Efímera Revista, vol. 4, núm. 5, Madrid, 2013, pp.16-23. ISSN. 2172-5934



Texto:

RESUMEN. Desde los procedimientos epistemológicos y la insistencia de su presencia, este texto pretende ser una aproximación a las vicisitudes y contextos que rodean a la palabra «proceso» en las denominadas prácticas artísticas contemporáneas. Desde un intento de territorializar la palabra «proceso», el trayecto de este texto irá conformando las relaciones y las redes secretas que se articulan en torno a esta noción aparentemente liviana y poco problemática.
Palabras clave: proceso, producción, creación, epistémico, experimental.

The order of words and processes

ABSTRACT. From the epistemological procedures and the insistence of its presence, this text tries to be an approximation to the vicissitudes and contexts that surround to a word as “process” in the so called contemporary art practices. From an attempt of territorialize the word “process”, the path of this text will be shaping the relations and the secret networks that are articulated around this notion seemingly easy and little problematic.
Keywords: process, production, creation, epistemic, experimental.

 

Palabras, palabras y más palabras. A las palabras en muchas ocasiones les ocurre lo mismo que a los electrodomésticos. Los usamos cada día pero evidentemente no sabemos cuál es su funcionamiento interno: sabemos que nos asan el pollo, nos lavan la ropa o los platos y en su modo de ser utilitario ni pensamos en cuáles son sus mecanismos más básicos para que dichas funciones se efectúen convenientemente. Ni qué hablar de su modo de ser automático...

Las palabras nos sirven en su forma de consensuar el mundo en el que vivimos para manifestar su verificación y, como la lavadora, son útiles en nuestro día a día para comprender y hacernos comprender automáticamente. Y cuando se estropean, llamamos al técnico o les hacemos un arreglo casero para que nos duren un poco más antes de comprar unas nuevas. Las palabras son de usar y tirar y como consumidores de palabras nos las tragamos con mejor o peor digestión, nos las ofrecen y se utilizan de forma masiva a través de los medios de comunicación, las repetimos de forma automática y, cuando nos damos cuenta, ya dibujan nuestro contexto más superficial con la misma rapidez con que las cambiamos o las prostituimos.

Sin duda, los asuntos de lenguaje vienen de lejos y los debates siguen tan vigentes hoy como ayer. Sabemos que el lenguaje desvela el mundo en el que vivimos y sabemos también que es una herramienta performativa poderosísima del modo en que el mundo verificado puede tambalearse al omitir, al cambiar el orden o al hacer manifiesto algo que no lo era.

Hace años que me han hecho observar una presencia insistente de la palabra «proceso» en las aulas, los debates, los textos relativos al arte contemporáneo. Hace años que esta palabra deambula un poco sonámbula en nuestros discursos de tal modo que al nombrarla parece que todos sabemos por qué lo hacemos y a qué nos referimos, y sin embargo, al tratar de desmenuzarla, de argumentarla y contextualizarla se produce un espacio casi vacío y un tanto silente, porque aparentemente no es una palabra excesivamente problemática, sino una palabra amable que sirve para casi todo.

Pero la cosa se complica porque, al nombrar los procesos, emanan de un modo casi naturalista los términos «producción» y «creación». Y parece tan lógico y genérico, que aparte de saber que nos referimos a aquello que los artistas hacen y en ocasiones al modo en que lo hacen, no existen diferencias relevantes en sus sentidos; tampoco en los diccionarios que dicen: «Conjunto de operaciones o actividades que se suceden conforme a un fin, como elaboración de “algo”».

Y en este camino que se enreda podemos suponer todas sus combinaciones así como todas sus derivas y decimos: los creadores, la creación, la obra, los artistas, los procesos de creación y/o producción, el arte, etc., casi todas ellas con mayúsculas. No quisiera señalar hacia un habla que se traba al pensarse y tratar de ser correcta, pero como investigadora de estos términos y de la densidad de sus designaciones reconozco que en ese habla cotidiana nuestra ahora siento una cierta dispepsia en su escucha indiscriminada y en un uso de las mismas, que en conciencia o en su falta, es jerarquizado, sublimado y cultural.

Y el problema seguramente no resida en las palabras sino en la pertinencia de una pregunta como la efectuada por Deleuze y Guattari : «Pero, ¿cómo pueden identificarse las cosas y nombrarlas si han perdido los estratos que las cualificaban, si han pasado a la desterritorialización absoluta?».

Como ellos mismos señalan, la cuestión reside en su indistinción, en la falta de una pertenencia a un régimen de signos, a una estratificación, a una territorialidad, a una diagramatización que nos las haga percibir como contemporáneas, que las muestre como parte de nuestra episteme, de nuestros modos de producción social y por tanto cultural.

Porque es un asunto arduo, histórico, epistemológico. Y en este sentido la palabra «proceso», que es un signo cualquiera, necesita de esa diagramatización que la haga legible dentro del contexto de lo que hoy denominamos prácticas artísticas y que en última instancia también forma parte de la lógica relacional que estamos poniendo sobre la mesa a través de este término.

Matizar, ir a sus orígenes etimológicos o funcionales desvelan sentidos que desconocíamos y que de un modo profundo deslocalizan nuestra mirada llena de cotidianidad.

Así ocurrió el sábado pasado (9 de marzo de 2013) cuando en la conferencia que Beatriz Preciado dio en el MNCARS comentó la dificultad para dar con el origen de la palabra «feminismo». Finalmente la encontró en un texto titulado Del feminismo y del infantilismo en la tuberculosis, publicado en 1871 por un médico francés llamado Ferdinand Valére Faneau de La Cour. El término fue utilizado para designar un proceso por el cual los pacientes tuberculosos presentaban una serie de rasgos infantiles y feministas: cabello fino, pestañas largas, piel blanca, mamas voluminosas, etc. y en donde lo femenino se vinculaba con lo patológico. Más adelante, y siguiendo la estela de este primer texto, será Alejandro Dumas quien la utilizará despectivamente en sus textos periodísticos para descalificar a los hombres que apoyaban la causa política de las mujeres y no será hasta finales del XIX cuando se empiece a utilizar por los movimientos sufragistas para designarse en su lucha .

Lo que me ocurrió a mí con la palabra «proceso» se parece desde algún sentido correspondiente. Mis búsquedas me llevaban hacia el proceso entendido como una operatividad de la creatividad —término acuñado, estudiado y formalizado desde la psicología de los años cincuenta— que infería un sentido psicologizado de la cognición desde el que el proceso era un trayecto de descubrimientos, inspiraciones, hallazgos y estados mentales previos al resultado u obra.

No será hasta que lo vincule con los términos «creación» y «producción» como pares de una misma relación y que al mismo tiempo entienda que estas palabras han designado epistemológicamente formas de nombrar el hacer del arte como formas de conocimiento específicas, y por tanto diagramatizaciones concretas, cuando las preguntas relativas a la insistente presencia de esta palabra actualmente puedan construir el espacio de su territorialidad.

A modo de síntesis, me gustaría indicar que la cartografía de estas nociones permite elaborar esas estratificaciones que cualifica la designación de cada palabra según contextos particulares, según esas estructuras subyacentes profundas llamadas «epistemes» que refiere Foucault y que nos permiten acercarnos a los contextos históricos con una metodología que no se basa en los acontecimientos ni en las circunstancias, sino en los sistemas formalizados de conocimiento, redes secretas de relaciones según las cuales el pragmatismo y el pensamiento de un contexto se conectan adecuadamente.

No es casual entonces que la episteme antigua señale hacia el uso de la palabra «producción» para designarse como una «producción original de algo con base en una realidad preexistente», y que, como distingue Agamben , sea una pro-ducción, un conducirse hacia adelante.

Es complejo dibujar con brevedad el perfil necesario para entender que en la episteme antigua no tiene cabida una noción como la creación o el proceso porque es un mundo preexistente, en donde lo Uno es su dimensión, en donde producir es desvelar y su resultado es la presencia, en donde todo es producción pero, si es natural es emanación y si es humana, es técnica; que en el mundo antiguo por sus categorías sociales el arte no es algo en potencia o virtual sino en acto, que tampoco es praxis artesanal sino poiesis, que la mímesis no es una copia sino la herramienta de la acción y el discurso y, por esto, el teatro es su forma más elevada de arte, porque como nos hace saber Arendt , el teatro está en relación con las cuestiones de la polis, lugar de convivencia, lugar de los asuntos humanos.

Podemos advertir aquí una primera estratificación o diagramatización por la cual el sentido etimológico del término «producción» nos ayuda a construir una red conceptual por la cual hacer manifiestas las unidades, los conjuntos, las series y las relaciones que se construyen alrededor de una única palabra gracias a la cual se desvela un contexto histórico y social completo, el de la episteme antigua, el de la Grecia de Aristóteles y Platón.

Así ocurre con todas y por esto la episteme medieval es la episteme de la creatio ex nihilo, de la entidad divina como único agente de la creación, en donde la Nada es la otra dimensión junto a lo mundano, en donde la creencia y la fe son las formas de conocimiento, en donde la revelación y la interpretación son sus procedimientos y en donde el libro sagrado es el código de lo visible y lo decible.

Y no me resisto a continuar con este modo esquemático por el que la episteme clásica se define por una creatio continua del agente divino, y de una producción humana de la duda cartesiana, de una certidumbre capaz de llegar a la verdad a través del experimento como procedimiento, de la hipótesis que puede llegar a ser demostrada en un proceso racional, que aísla y disecciona los fenómenos, que ordena a través del signo, de la representación, del cuadro.

Y la episteme moderna de los siglos XIX y XX que presenta ya una dialéctica de la creación y la producción humana desde las perspectivas de la organización y análisis de sus procesos, a través de las perspectivas biologicistas de Darwin de la evolución y la transformación, pero también del trabajo y el consumo englobados en el ciclo de la vida, del pragmatismo y la identidad por la que somos aquello que hacemos, y cambiamos aquello que queremos por la revolución, por la que la producción industrial es social a través de la cooperación y la división, la mecanización y automatización, las cadenas y las series, y por lo que aquello que hacemos, los productos, se multiplican a través de esta organización y, por supuesto, de la reproductibilidad técnica.

Asimismo, la influencia de los modelos analíticos del materialismo histórico y el psicoanálisis ponen de manifiesto que desde los sistemas de organización material y social —de gestión de la vida— como es la fábrica o la familia, se puede terminar entendiendo la estructura subyacente profunda —lo impensado— por la cual una sociedad piensa como piensa, y un ser humano construye y determina su conciencia.

Observamos entonces que no siempre se nombró con la misma palabra el pragmatismo del arte y la forma de conocimiento que generaba; que la producción parece estar relacionada con un proceder humano y racionalizado y que la creación por origen parece vincularse siempre con un cierto factor mistérico, bien por parte de una entidad superior, bien por un actuar oscuro e informe de lo impensado. Podemos observar asimismo una ausencia del término «proceso» hasta que el hacer y el saber se entienden como un recorrido operativo, bien certero como el experimento clásico, bien transformador y evolutivo, influencia de la reproductibilidad técnica o del biologicismo moderno —que heredamos ineluctablemente en todo lo bio—, pero hasta aquí siempre bajo el epígrafe de un valor sistemático, ordenado y efectivo.

Continuar leyendo en pdf



Archivos adjuntos: B.Sainza-Fraga-EF5.pdf |




Aviso Legal: © de los textos y las imágenes: sus autores Diseño CIDI; Desarrollo web GyaStudio