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TEXTOS

¿Hay alguna teoría que no implique una práctica? Relaciones entre conocimiento teórico y conocimiento práctico

Autor: Cornago, Óscar

Año de publicación: 2015

Artista: Hannah Hurtzig

Obra: The Black Market

Fecha de incorporación a la web: 10/03/2016

Referencia bibliográfica:

CORNAGO, Óscar.  Ensayos de teoría escénica sobre teatralidad, público y democracia, Madrid, Abada Editores, pp. 99-130



Texto:

En Castellio contra Calvino, Stefan Zweig recoge la famosa sentencia del humanista Sebastián Castellio, “Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre”. El contexto de la frase es el proceso judicial contra Miguel Servet, que terminó con su muerte en la hoguera. El contenido de la cita puede resultar excesivo para discutir las relaciones entre teoría y práctica, pero su lógica se mantiene más allá de la cualidad del acto. Hacer algo por defender una idea, no es defender una idea, sino hacer algo. Son dos lugares distintos: matar lleva la lógica de la acción en cuanto forma de ponerse en relación con alguien a su extremo más ilógico, suprimir al otro; mientras que defender o rechazar una doctrina, como era el caso en la polémica entre Calvino y Servet, es una actividad que por trabajar con las ideas tiene menor visibilidad como acción. La distancia que separa estos planos, en cierto modo tan nítida, tiene algo de ideal, o teórica. Desde un punto de visto práctico es imposible considerar una idea fuera de una situación precisa, atravesada por intereses, inclinaciones y afectos, que son los que terminan convirtiendo esa idea en una sentencia de muerte o algún otro tipo de acción.

Aunque teóricamente es posible considerar un medio habitado únicamente por las ideas, un plano puro de los pensamientos, desde un punto de vista práctico es imposible desligar una idea de un momento, un lugar y unas formas concretas a través de las cuales se realiza. En otras palabras, no existe una idea al margen de una práctica que la sostenga. Históricamente, la universidad ha sido el espacio por definición de un conocimiento que no está al servicio de ningún interés ajeno al desarrollo del propio conocimiento, lo que motivó la defensa de la libertad de cátedra como un rasgo histórico de esta institución que expresa su necesidad de autonomía. No obstante, el hecho de poner el conocimiento al margen de los vaivenes políticos, un conocimiento que será calificado de científico, ha funcionado como un arma de doble filo. La gran falacia de la teoría es creer en la posibilidad de un conocimiento que no se apoye en unas prácticas que lo articulan socialmente y le dan una forma determinada. Lo que la contemporaneidad ha puesto de manifiesto con el creciente interés por las prácticas no es la existencia de un conocimiento teórico, sino al contrario, su imposibilidad, o en todo caso los privilegios que lo sostienen. Ya en las Tesis sobre Feuerbach, donde se anunciaba el fin de la filosofía clásica alemana, ligada también a la posibilidad de las ideas en términos absolutos, Marx insiste en esta falsa dicotomía:

El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico.

Pero aunque todo pueda reducirse a una cuestión de prácticas, como señaló Castellio denunciando la lógica perversa de Calvino, el mundo de las ideas y el mundo de la acción operan de forma distinta. O dicho de otro modo, hay una diferencia sustancial entre defender una idea y matar a un hombre. La división entre teoría y práctica atraviesa la cultura contemporánea, recogiendo la herencia de otras divisiones como pensamiento y acción, o mente y cuerpo. La novedad que trae la modernidad no es el nacimiento de la teoría, sino la creciente valoración de las prácticas, a lo que apunta la cita de Marx, que por oposición han hecho visible el otro lado. Es en relación a estas que el espacio y la función de la teoría se ha ido redefiniendo en un complejo diálogo que esconde más de lo que muestra. La confrontación entre teoría y práctica obliga a revisar la aparente condición teórica de la propia teoría, sacando a la luz su dimensión práctica. El escaso cuestionamiento de las prácticas básicas que sostienen el ejercicio de la teoría, como las formas de escribir, discutirla o exponerla, hace que se haya buscado una relación de complementariedad con otro tipo de prácticas de algún modo subordinadas a la teoría, que legitimen los privilegios de esta sin llegar a transformar el espacio social que ocupa.

Poner en relación la teoría con la práctica se ha presentado históricamente como la solución para superar las limitaciones de una y otra sin que se rompa la jerarquización que regula esta relación. Esto abre un espacio de relaciones no recíprocas entre fenómenos que se mueven a niveles distintos. La consideración del conocimiento según se haga desde un punto de vista teórico o práctico da lugar a paisajes distintos. Mientras que la teoría busca en la práctica una proyección mayor o al menos un asentamiento en una realidad más concreta, la práctica necesita de la teoría su legitimación como forma de conocimiento autorizado. Se trata de dos movimientos que no llegan ni siquiera a ser opuestos, por no hablar de una posible relación de continuidad, ya que operan con lógicas distintas. Las prácticas tienen un pensamiento propio, que no pasa por las palabras, igual que la teoría tiene una lógica específica. El concepto de inconmensurabilidad, desarrollado por Thomas Kuhn y Paul Feyerabend para referirse a la relación entre ideas científicas que no remiten a un lenguaje común, sirve también para expresar esta imposibilidad de traducir una teoría a través de una práctica y viceversa. El interés por esta complementariedad no tiene que ver, como podría suponerse teóricamente, con alcanzar un tipo de conocimiento más pleno que supere las limitaciones que la teoría o la práctica pueden tener por separado, sino por defender los privilegios de una concepción del conocimiento que solo por oposición a la práctica ha sido calificada como teórica.

Esto no implica que dicha relación no sea necesaria. Pero el punto de partida, al menos en el sentido como estos dos campos se han conformado históricamente, parece claro: tanto la teoría como la práctica definen fenómenos suficientes en sí mismos. En algún sentido, ni la teoría necesita de las prácticas, ni las prácticas de las teorías. Basta con echar un vistazo a la historia para darse cuenta de hasta qué punto uno y otro lugar se han desarrollado de forma autónoma. Teorías que no hay cómo demostrar, ideas con escaso asidero en el mundo real o discursos con dudosas probabilidad de éxito, han movido el mundo de la religión, la política y el arte sin necesidad de ninguna práctica que demuestre la veracidad de estos lugares teóricos. Por su parte, una práctica basta con que funcione para que, más allá de ninguna explicación teórica, tenga un sentido y un provecho.

Plantear la relación entre teoría y práctica desde algún tipo de continuidad supone situarse únicamente en el plano teórico. La aparente horizontalidad de esta continuidad termina desequilibrándose siempre hacia el mismo lado, el lado de la teoría como principio que debe dar cuenta de una totalidad. Solo desde la ruptura es posible establecer una relación entre teoría y práctica que reconozca a cada una de estas dimensiones su propiedad. El conflicto se hace más evidente entre ámbitos cercanos, como la teoría y la práctica del arte. La impresión de continuidad entre una y otra es engañosa, la teoría y práctica de las artes delimitan espacios formalmente distintos, aunque a nivel referencial apunten al mismo sitio.

Si admitimos que cualquier campo de conocimiento posee una práctica y una teoría propias, establecer un espacio común de relaciones obliga a buscar las líneas de interrupción no entre áreas distintas, sino dentro de cada una de ellas; buscar los espacios de conflicto entre teoría y práctica dentro de de la propia teoría del arte, y dentro de las prácticas artísticas. Trayendo esto al episodio entre Calvino y Servet, y solo a modo de ejemplo, diríamos que la discusión entre ambos tiene un fondo teórico, pero también está sostenida por un tipo de práctica discursiva y, por otro lado, la condena a muerte tiene una idea detrás, relacionada con el poder, y por supuesto un lamentable lado práctico. Esto resulta difícil de plantear en aquellos espacios estrechamente identificados ya sea con una tradición teórica, como sucede con la mayoría de las humanidades, ya sea con la práctica, como las artes. Sin embargo, es este régimen de rupturas internas lo que define la singularidad del conocimiento y las formas de acción desde el punto de vista de su práctica. Desde estas líneas de no coincidencia sería posible establecer relaciones en un espacio no jerarquizado. El umbral de quiebre de cada campo está delimitado por la imposibilidad de hacer coincidir una práctica con una teoría, o un pensamiento con el modo de exponerlo. A partir de ahí se llega a un umbral de inseguridad donde los saberes, ya sean prácticos o teóricos, se confrontan desde sus limitaciones, y no desde lo ya sabido como forma de afirmación que busca imponerse.

Dada la dificultad para establecer estos umbrales de inestabilidad dentro del campo teórico, hay que insistir al menos que es desde la heterogeneidad de la práctica frente a la teoría, y viceversa, desde donde resulta efectiva dicha relación como espacio de conflicto; lo contrario sería reducir la potencialidad de uno de estos aspectos para ponerlo al servicio del otro. El interés de estas relaciones en el campo de las artes no estaría en reafirmar la validez de una teoría a través de la práctica, o al revés, de una práctica legitimada por medio de una teoría, sino en buscar espacios de confrontación que sitúan cada uno de estos campos con sus propios límites. En otras palabras, la manera de hablar del conocimiento teórico con una cierta distancia no es con más conocimiento teórico, sino desde ese afuera que abre la práctica del conocimiento cuando se la acepta como un espacio singular y suficiente en su propia insuficiencia. Esto afecta tanto a las relaciones entre teoría y práctica dentro del ámbito académico, como en espacios identificados con la práctica, como las artes, que se han visto igualmente desbordados por la teoría en su necesidad de dialogar con otras esferas sociales con las que el idioma común ha terminado siendo en la mayoría de los casos la teoría.

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