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La era postmedia Acción comunicativa, prácticas (post)artísticas y dispositivos neomediales

Author: Brea, José Luis

Year of Publication: 2002

Date of Web publication: 09/08/2017

Bibliographical references:

Edición en *.pdf en Internet en 2002



Text:

Presencia y participación.

Dos cualidades del arte en la web Presencia y participación han sido definidas como las cualidades por excelencia del trabajo artístico en la red. Independientemente, en efecto, de las determinaciones técnicas o lingüísticas que puedan caracterizar al medio, lo específicamente propio del web art es su modo de socializarse. Quiero decir, la peculiar panoplia de estrategias de recepción que articula. Nada diferencia tanto al web art de otras prácticas como el hecho de que su modo de recepción, su manera de alcanzar al espectador, reclama otras pautas de “consumo cultural”, de lectura o recepción, que aquellos a las que éste (el espectador, ahora usuario) está habituado. En tanto, en efecto, estos hábitos no coinciden con los modos de recepción convencionales de las prácticas artísticas -relacionados con su presentación espacializada y objetualmente condicionada- incluso podemos cuestionar la adecuación de definirlas como tales prácticas artísticas. No me refiero -obviamente- a la resistencia de las instituciones artísticas contra estas nuevas prácticas (una resistencia medida, lacerantemente medida), sino más bien al contrario: a la resistencia que estas prácticas, por sus cualidades específicas, ejercen contra la institución-arte. Acaso explorar ese potencial haya sido una de sus mayores virtudes -en los años primeros de lo que ahora ya podemos describir como su período heroico.

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Cuando se habla de participación en cuestiones artísticas parece necesario extremar las cautelas. Es muy posible que el límite de participación posible en una obra como tal se sitúe ya en el propio acto de recepción, de lectura -toda lectura es un proceso alucinatorio, decía Benjamin. Quiero decir que, como dejara hace ya tiempo bien establecido Duchamp, ninguna obra efectúa otra cosa que un cierto coeficiente de artisticidad, y es siempre el espectador el encargado de cumplimentar el proceso. Diríamos que “la expectación” en sí misma, en el proceso creativo, es ya un acto participativo -o digamos más precisamente que cuando no hay tal acto participativo no hay de hecho experiencia propiamente artística. Pero esto es una cosa: y otra bien distinta pretender que por clikar aquí o allá, por conseguir ciertos resultados a partir de ciertas actuaciones, se logra un grado de participación añadido. La mayoría de las veces es lo contrario -y lo que suele ocurrir es que un larvado despotismo tecnológico intenta pasar enmascarado bajo un torbellino de falsarias promesas de democraticidad.

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Podríamos dar por bueno un cierto síntoma para hablar, con propiedad, de participación: que el efecto de nuestra acción no se produzca únicamente en la superficie del interfaz, en la pantalla total, sino que provenga de otro sujeto de conocimiento, situado al otro lado de nuestra actuación, de nuestra práctica. Quiero decir: que no hay interacción verdadera -o es una interacción carente en sí misma de todo interés- cuando el diálogo que abre la obra culmina en la propia obra. No hay participación genuina cuando el interfaz articula una interacción sujeto-máquina, o, valga decir, sujeto-obra. Una auténtica participación solo comienza cuando el interfaz abre a una interacción sujeto-sujeto (digamos: sujeto-máquina-sujeto), cuando al otro lado de nuestra acción expresiva, significante, encontramos todavía a un sujeto capaz de interpretación. Por poner un ejemplo: que en el please change beliefs de Jenny Holzer empieza a haber interacción sólo en el momento en el que nuestras intervenciones como usuarios son accesibles, y transformables a su vez, por terceros. Si la obra nos diera la posibilidad de incrustar modificaciones, pero no quedaran disponibles a la vista de terceros, entonces tendríamos que hablar de otra cosa -pero nunca de participación.

# Volvamos ahora, aunque sea por un momento, al primero de los rasgos: la presencia. No podríamos hablar aquí de presencia en los términos espaciales tradicionales -no se trata del clásico estar presente a la obra que reclama el contenido aurático, todavía aurático, de la forma tradicional de la experiencia artística, ese estar frente a la obra, compartiendo el mismo lugar en el espacio y el tiempo, su aquí y ahora.
Es obvio que esta vez no puede tratarse de la misma presencia, toda vez que lo que caracteriza la presencia de la obra en la red es su des-localización, el estar distribuida en una ubicuidad de lugares diseminados, diversos. Como mucho hay una telepresencia, que hace que quienes no comparten un espacio común, que quienes habitan lugares distintos, puedan sin embargo comunicar, compartir. Esa presencia compartida es ahora y ante todo una economía del tiempo, no del lugar. Tiene que ver con el simultáneo habitar “en el presente”, como cuando decimos que uno es hijo de su tiempo. La forma de presencia más característica de la relación con el trabajo en la red tiene que ver con este contacto “en tiempo real”. Si lo propio de la relación con la obra “convencional” se aparecía como el encuentro con un tiempo pasado en un lugar-aquí, lo propio del encuentro presencial con la obra en la red es coincidir en un tiempo-ahora -fuera de cualquier “lugar- aquí” definido.

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Por supuesto, las consecuencias que todo esto conlleva para la forma dominante de organización de los procesos de la “expectación” son importantísimas -me refiero a las consecuencias que se derivan para los dispositivos espacializados de recepción y presentación de la obra: museos, galerías, espacios abiertos … siempre lugares, ya sean institucionales o alternativos, privados o públicos. Como es obvio, esas consecuencias tienen mucho que ver con aquella lógica de la reproducción técnica cuyo análisis inició Benjamin. Para lo que aquí nos interesa, por supuesto importa subrayar que el modo de la experiencia de la obra a través de la web abandona la exigencia presencial -o, digamos, admite como forma válida la mera telepresencia ante su información distribuida, diseminada mediante la reproducción técnica. Pero lo más importante, bajo nuestro punto de vista, es el hecho de que la forma en que esta presencia es exigida ahora tiene únicamente que ver con un compartir el tiempo, con un “estar en línea”.
Es por eso que resultan tan patéticos los intentos -que vienen realizando las instituciones- de presentar los trabajos hechos para la web en contextos de exposición espacializados. Todo lo contrario: en ellos el espectador difícilísimamente puede conectar, entrar en presencia. Y justamente porque no dispone de lo que necesita para que la obra ante sus ojos devenga presente: esta vez no es ya un lugar, sino más bien un tiempo. Y en esos lugares (museos, galerías, espacios…), el espectador justamente de lo que no dispone es de tiempo... (pues el museo se construye, justamente, contra el tiempo, contra el pasar del tiempo). Acaso en resolver la aporía que frente a estas cualidades de la obra en la red tienen, precisamente, las instituciones que reaccionar, evolucionar, adaptarse. Aprender tal vez de las discográficas, y su giro en el asunto MP3. Puede que tarde en llegar, pero el reto que ante sí tienen las prácticas artísticas no es de menor envergadura...

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